Cómo describir el borbotón de sensaciones y detalles que a uno le llegan, que inundan los pensamientos a millares cuando de repente, te recuerdo.
Cómo explicar lo que es inexplicable, como dejarte ver un trocito de lo que cada día amanece y se acuesta en mi cabeza.
Cómo puedo contarte, que no hay nadie ni nada en el mundo que pueda hacerme olvidar que ya no te tengo.
Cómo explicarte, mamá, que ya nada será igual. Que ya nada es igual.
Cierro los ojos y allí estás. Gigante, grande, sonriendo y mirándome cómo sólo te puede mirar el amor cuando te habla.
Viviría mil vidas, y en todas ellas, te elegiría a ti como madre. No cambiaría nada, ni siquiera lo menos bueno, porque eso nos hizo fuertes, inmensos y eternos.
Cuando uno está al otro lado - cuando quien fallece es la madre de otro- siempre piensas que el tiempo lo cura todo y que, aunque sea poco a poco, aquello mejora. Escuchas frases del tipo " te harás a la idea".
No es cierto.
De hecho, cada día es más verdad, precisamente porque sumas días sin disfrutar de ella, sin compartir, sin su voz, su olor, su risa y su amor brutal.
Tienes otras risas geniales, otros olores que te hacen volar, otras caricias llenas... pero te falta el suyo.
Intenté, buena parte de mi vida, devolverle todo lo que ella me dio. No lo conseguí. Ni de lejos. Recuerdo que a veces, de broma, me decía "ya verás cuando yo te falte".
Son frases que supongo que todos hemos oído, y son frases que - hazme caso- no le das la importancia que debieras.
Intenté compartir todos los momentos que pude, viajes, cafés, detalles, momentos y momentazos, mesa, mantel y risas. Intenté estar cada día a su lado cojido de la mano y darle mil abrazos, y aún así me faltaron millones.
Luché a su lado todos los días que pude, y aún así ni me acerqué a todo lo que ella me dio. Todo lo que me enseñó y lo feliz que me hizo sentir.
Miro al cielo orgulloso de ella, echándola de menos, pidiendo perdón por todo lo que me faltó y agradeciéndole que ella fuera así: única y genial.
Supongo que frases como "ley de vida" y chorradas similares son nuestras excusas para intentar aceptar lo inaceptable, para darte cuenta que, realmente, para la vida no hay segundas oportunidades y que amarás a gente que desaparecerá, así que más vale no perder ni un segundo, ya no un minuto, ni un segundo en compartir la vida con quien de verdad quieras compartirla, en darte con mayúsculas, en mimar a tus padres como ellos lo han hecho contigo y más, en abrir los brazos al mundo que quieres tener cerquita y un día poder decir: "sí, fui yo".
Ella lo pudo decir.
Gracias Mamá.
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sábado, 21 de marzo de 2015
sábado, 20 de diciembre de 2014
Nunca
Se acerca. La escucho, la veo ahora cada día en la decoración de las calles, de los escaparates, del ambiente, del oir a compañeros, a los amig@s hablar de la compra de regalos, de cenas, comidas y menús... Ya está aquí la Navidad.
Cuando uno vive lo que vivo, la Navidad, los regalos, la familia y todo esto que antes sentía y me encantaba, ahora se vuelve una época que lo único que quieres es que pase. Y que lo haga rápido, por favor. No es que esté asqueado o que ahora odie esta época, no es eso, es que simplemente me falta un trozo enorme del corazón.
No hay Feliz Navidad. Hay echar de menos, mucho. Hay miles de momentos que recuerdas vividos, que por un momento te hacen sonreír precisamente por lo feliz que fuiste, pero que, en nada se convierte en un "nunca más".
Llevo pensando en esto del "nunca" unos cuantos días.
Es una palabra que utilizamos mucho, y a menudo demasiado fácil y sin pararnos a pensar en lo que realmente significa.
Yo, por primera vez en mi vida, me he dado cuenta de la profundidad, del verdadero significado, de lo que implica y lo que uno siente cuando la palabra nunca es verdad.
Es un guantazo a la vida. Nunca, significa que hasta el infinito, hasta que no haya nada de ti, jamás volverás a sentir el abrazo de tu madre, el amor bestial e incondicional que sólo una madre puede dar, las charlas y las risas, las emociones y los sueños compartidos con ella. Nunca, no es más tarde, ni después, ni dentro del 20 años, ni ya veremos... Nunca, es nunca.
Es cierto que hay un montón de motivos por los que uno debe alegrarse, disfrutar - y lo hago-, sigo queriendo exprimir cada minuto porque no vuelven, y eso también es nunca, pero hay días realmente complicados. Fechas más difíciles.
A ti, que ojalá puedas disfrutar de toda la familia completa, déjame que te de un consejo: aprovéchalo a tope. Da de ti todo lo bueno que puedes dar, alegra esa cara, sonríe, haz que se rían, graba en tu memoria cada instante, guarda los pequeños detalles, los susurros y los te quieros en tu corazón para siempre, dilo ahora, y vive sin dejar nada en un tintero, que no sabes cuando va a terminar.
La Navidad es para los niños, dicen. Pues eso somos hasta que de aquí nos vamos.
Las arrugas sólo nos hacen niños mayores, porque, al fin y al cabo, te sigues preguntando y deseando lo mismo que cuando eras un enano. Antes creías en los Reyes Magos, ahora crees en las buenas personas, lo que antes eran regalos, hoy también lo son, pero los quieres en sonrisas, caricias, hombros y sorpresas tontas.
Os deseo una gran y Feliz Navidad a tod@s.
Cuando uno vive lo que vivo, la Navidad, los regalos, la familia y todo esto que antes sentía y me encantaba, ahora se vuelve una época que lo único que quieres es que pase. Y que lo haga rápido, por favor. No es que esté asqueado o que ahora odie esta época, no es eso, es que simplemente me falta un trozo enorme del corazón.
No hay Feliz Navidad. Hay echar de menos, mucho. Hay miles de momentos que recuerdas vividos, que por un momento te hacen sonreír precisamente por lo feliz que fuiste, pero que, en nada se convierte en un "nunca más".
Llevo pensando en esto del "nunca" unos cuantos días.
Es una palabra que utilizamos mucho, y a menudo demasiado fácil y sin pararnos a pensar en lo que realmente significa.
Yo, por primera vez en mi vida, me he dado cuenta de la profundidad, del verdadero significado, de lo que implica y lo que uno siente cuando la palabra nunca es verdad.
Es un guantazo a la vida. Nunca, significa que hasta el infinito, hasta que no haya nada de ti, jamás volverás a sentir el abrazo de tu madre, el amor bestial e incondicional que sólo una madre puede dar, las charlas y las risas, las emociones y los sueños compartidos con ella. Nunca, no es más tarde, ni después, ni dentro del 20 años, ni ya veremos... Nunca, es nunca.
Es cierto que hay un montón de motivos por los que uno debe alegrarse, disfrutar - y lo hago-, sigo queriendo exprimir cada minuto porque no vuelven, y eso también es nunca, pero hay días realmente complicados. Fechas más difíciles.
A ti, que ojalá puedas disfrutar de toda la familia completa, déjame que te de un consejo: aprovéchalo a tope. Da de ti todo lo bueno que puedes dar, alegra esa cara, sonríe, haz que se rían, graba en tu memoria cada instante, guarda los pequeños detalles, los susurros y los te quieros en tu corazón para siempre, dilo ahora, y vive sin dejar nada en un tintero, que no sabes cuando va a terminar.
La Navidad es para los niños, dicen. Pues eso somos hasta que de aquí nos vamos.
Las arrugas sólo nos hacen niños mayores, porque, al fin y al cabo, te sigues preguntando y deseando lo mismo que cuando eras un enano. Antes creías en los Reyes Magos, ahora crees en las buenas personas, lo que antes eran regalos, hoy también lo son, pero los quieres en sonrisas, caricias, hombros y sorpresas tontas.
Os deseo una gran y Feliz Navidad a tod@s.
domingo, 30 de noviembre de 2014
¿Quién eres tú, Muerte?
Vienes en silencio. Cabrón. Vienes a robar felicidad, esperanza e ilusión.
¿Quién eres tú, que nos robas millones de momentos mágicos? ¿Quién te crees que eres para borrar de un plumazo tanto amor?
Te ríes de nuestras lágrimas, porque nunca has sentido más que el rencor, la rabia y el dolor.
Vives desde el infinito y nunca podrás echar de menos a nadie. Nunca sentirás la vida porque eres Muerte y destrucción. Arrasas porque tienes envidia de los que sí tuvimos la suerte de ser felices con mayúsculas.
¿Quien eres tú, que además de llevarte la vida intentas que el chirriar de nuestros dientes por impotencia nos haga sentirnos desalmados? Envidia. Eso tienes, porque jamás tuviste alma, ni la tendrás. Cabrón.
Has perdido. Hoy has perdido. Tú, si.
Déjame que te explique los motivos.
Hay personas, como mi madre, Merche, que acumulan tanto, tanto amor, tantas vivencias, tanta ilusión y tanta fuerza que lo que dejan aquí es una obra tan bestial, tan pura que permanecerá más allá del infinito, lo heredarán los hijos y sus amigos, las familias de éstos, nietos y bisnietos, cientos de generaciones, viajará por el mundo a una velocidad tan grande y tan real, que ni siquiera tú, pobre desgraciado podrá pararlo.
Tendrías que aniquilar a la Humanidad para que poder parar esto.
Dentro de milenios, mucho o algo de lo que enseñó mi madre, lo seguirás viendo en grandes personas, en gente, que, como ella, supieron vivir la vida, supieron darse y sumar a las personas que tenía al lado con una huella tan alucinante que va más allá de tu corto entendimiento.
Mientras tanto, nosotros vamos a seguir viviendo, aprendiendo de todo lo que nos enseñó y gritando al mundo, que ella, Merche, ganó la vida, cada día.
Igual que hoy.
sábado, 8 de noviembre de 2014
Se llamaba Merche, y era mi madre
La entrada en este blog que jamás deseé escribir, y sin embargo tengo la necesidad de hacerlo, en un momento crucial de mi vida.
La hago escuchando la banda sonora original que tantas veces me acompaña de la película La Misión. Una obra de arte.
Durante estos días, que aunque no han sido muchos, os garantizo que han sido larguísimos, toca reflexionar de un montón de cosas. Decisiones vitales que a uno le vienen como un sopapo de la vida. Mi madre decía que nos preocupamos por cosas que no tienen importancia y que, precisamente a lo vital; a lo importante, no le dábamos ésa importancia.
Tenía razón. Como casi siempre.
Durante estos días - decía- han sido decenas, centenares, de personas que hablaban de mi madre, del cómo era, cómo sentía y cómo vivió esta vida.
Me propongo, aquí, ahora, hoy, contarte, susurrarte a ti y al mundo quien era mi madre, al menos un trocito de su cielo y de su vida.
Nació en Donosti, una ciudad que le tuvo enamorada siempre, por aquellas calles y olores se perdía, se le iluminaba la cara al apoyarse en la bahía de la Concha mientras te contaba donde se ponía ella con sus amigas y echaba una de sus grandes sonrisas.
Al tiempo, por el trabajo de su aita, director de banco, se fueron a Canarias. Allí estuvo hasta que con 18 añitos, año 1956, con dos cojones, decidió que quería aprender inglés bien. Puso rumbo a Inglaterra y en una estancia que iba a ser de 4 meses, duró 2 años trabajando de au pair. Aprendió inglés. Has de pensar que en el año 56, muy poca gente, mucho menos mujeres, tenían el valor de decirle a su padre "me voy porque sé lo que quiero" y con casi una mano delante y otra detrás, dejar todas sus comodidades, para ir a cuidar a 4 niños de una rica familia del barrio de Chelsea.
A su vuelta, ya en Donosti, evidentemente se la rifaban. Mi madre tuvo grandes amigas, y digo grandes porque las seleccionaba muy bien. Sabía a quien quería tener cerquita, y a quien no. Era clara.
Le encantaba bailar, muchísimo. Tenía ritmo dentro y mil anécdotas que contar, como aquella vez que de tanto bailar perdió un zapato en Londres y se pateó media ciudad para volver a casa descalza.
Hizo carrera de funcionaria. Sabía lo que quería. Quería tener tiempo después para viajar, reír y compartir. Era realmente difícil estar con mi madre más de 30 segundos y no sonreír.
Volamos a 1969. Noviembre. En un bar de Donosti, con unas amigas, alguien le presentó a un tal Mariano, un tipo guapo, alto y elegante. Ella siempre contaba que cuando le vio y habló con él un ratito dijo: "éste para mi".
Conseguía todo lo que se proponía, y esto no iba a ser menos. Mi aita por aquel entonces trabajaba en Barcelona. Así que ella, con otras dos pelotas, dijo: "me voy", ante la estupefacción de sus padres. A su padre, cuando éste se enteró de que vivían juntos, año 70 y le montó - intentó- echarle un broncazo, Merche, con la mano en posición stop, interrumpió a su padre y le dijo: "papá, si te parece bien, estupendo, si no, ya sabes donde está la puerta. Le quiero y punto". Le importaba un bledo lo que opinara la gente y si estaba bien visto o no vivir en un mismo techo sin estar casados.
Era valiente. Mucho.
Se casaron en 1971 en Donosti, en un banquete - con muy poca gente, elegidos- y que aún hoy se habla de aquella celebración.
Iñigo nació prontito, a los 5 años salió el que os escribe y un año más tarde Maider.
Los vascos somos matriarcales, y Dios sabe que ella lo era. Una loba con su manada, el timón que llevaba la ruta.
Como en todos lados, hay épocas mejores y otras peores, pero supo rectificar, por una sola razón: AMOR.
Ella, Merche, mi madre, nos dio los mejores años de su vida, y la esencia de lo que significa el cuidado, el mimo, cariñosa a rabiar, pedía y daba besos y abrazos a discreción. No hay amor sin abrazos gigantes, me dijo más de una vez. Hay que estrujarse y sentir. Levantaba la cabeza, sonriendo, mientras te acariciaba la cara diciendo "cariño".
Le encantaba cocinar. Y lo hacía de miedo. Preparaba cada plato desde el corazón, y al llegar a casa, quien fuera, ella hacía que todos sintieran esa casa como su hogar. No había formalidades, había esencia.
Mis padres nos han enseñado lo que significa el respeto y la discreción de verdad. Cada uno con sus opiniones, pero los dos con el mismo objetivo: disfrutar de cada momento.
Ver a mis padres era algo curioso, eran supercariñosos, con mil muestras de amor, de caricias en la mano y besos en cualquier momento. La gente se sorprendía, y a ella, le sorprendía que sorprendiera, y tenía razón. "Díselo ahora". Ella siempre lo decía, aún más, lo hacía.
Era una persona con rigor, en el sentido de las cosas claritas, con mil sueños y casi todos cumplidos.
Siempre planeando, siempre llena de ilusión, alegría y con una fuerza descomunal.
Sobrevivió a un cáncer de laringe hace 17 años.
Acompáñame al 27 de diciembre del 2013.
Un catarro fuerte, una placa, y el médico me anuncia que han encontrado algo. Y no parece bueno. Recuerdo el momento en el que se lo dije, en casa. Ella estaba malita y yo fui a recoger resultados. No sabría como describiros su templanza y tranquilidad.
Inmediatamente, imaginad, hospitales, pruebas, observación...
Se puso bien. Perfecta. Ahora tocaba esperar para operar.
Decidió, como siempre, no esperar a que la vida le traiga sensaciones, si no ir a por ellas, comérsela a bocados, disfrutar todo, a tope y siempre.
Mi relación con ella siempre fue especial, de ésas en las que con sólo mirarnos, sabíamos que queríamos de inmediato.
A mi cabeza, ahora, vienen millones de momentos que pude disfrutar con ella, aprender, y sentirme el hombre, el hijo más querido del mundo. Recuerdo narices llenas de harina haciendo rosquillas, risas, muchísimas, viajes geniales, momentos únicos mirando el mar o alrededor de una mesa, charlas increíbles pausadas acompañados de un café y tiempo para conocernos, para saber que nos pasaba en el corazón y en la cabeza, me miraba con la cara que mira el amor cuando te habla, caricias en la mano constantes, siempre los demás primero. Siempre. Ella después.
Tuve la gran suerte de poder decírselo. Le dije todo lo que deseaba decirle, y ella miraba alucinada con una humildad espectacular.
Cada vez que me iba del hospital, siempre le hacía el mismo gesto: poner los brazos en plan superman sacando biceps. Y ella hacía lo mismo.
Luchó como una superhéroe, porque lo era. Quiso y quería vivir y tuvo una vida feliz al lado de un marido alucinante, que durante estos 44 años de matrimonio, le dio todo. Se dieron todo.
Ganaron. Ganó la vida, el orgullo de hacer las cosas bien y tener 3 hijos de los que sentirse orgullosa. Eso decía.
Cierro los ojos, y la veo. La veo siempre. Con su carita y su alegría, la chiquitina de la casa, que se ha ido demasiado pronto.
Lloras de rabia. Le echas de menos tanto que te duele la vida. Sientes que te faltan mil cosas por hacer, te duele cada cosa que hiciste mal con ella.
Ella nos enseñó de verdad. Haciendo. Cada día. Cada minuto. Toda la vida.
Gracias mamá. Gracias por hacernos sentir tan especiales.
Te quiero, toda la vida, no me hubiera perdido ni un minuto de ti.
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