La vida no es un tablero de ajedrez, pero a veces necesitas ver dos jugadas más allá para poder realizar tus sueños.
La intuición sin conocimiento sirven de poco, ya he hablado alguna vez de eso y generalmente sólo conseguirás prejuicios y lograr ser un etiquetador profesional.
Pero en esta brava mar también hacen falta impulsos, pim-pam, reaccionar, y adivinar por donde van a ir según que tiros.
Muchos te dirán que lo mejor es ver el viento y seguirlo, siempre a favor. Dejarte llevar. Es una opción.
Si de lo que se trata aquí es disfrutar y divertirse en el mientras, - que de eso se trata - no siempre podrás ir a favor del viento, y ahí radicará muchas veces tu éxito. Los éxitos son muchas veces una gran gestión de pequeños fracasos.
Es cierto que también hay situaciones en las que uno ve el jaque algo más cerca. Situaciones que te permiten ver tus miedos, adversarios y contemplar como tu rey está a punto de caer a cámara lenta sobre un tablero labrado con años y esfuerzo. La salud, por ejemplo, el sueño roto de un proyecto común, una decepción familiar...
Pero, ay, amigo, como reaccionar a ese jaque es lo que te va a diferenciar, no con los demás, que eso es lo de menos, si no contigo mismo.
Nos cegamos y no vemos. Abre los ojos, y pide que te los abran, pregunta qué hacer y opiniones de quien te merece. Probablemente escuches cosas que no te gusten demasiado, probablemente tu ceño siga fruncido unos días, pero escucha y escuchate también.
Habrá un día en el que dejemos de lado a los nuestros, habrá un día que dejemos de pensar en plural, incluso habrá un día que no seamos generosos ni con nosotros mismos, pero hoy no es ese día.
Hoy toca mirar el tablero, las manos abiertas, cerrar los ojos, escuchar el silencio y mover tu rey y tus peones, alfiles y caballos, torres y reina para sonreír susurrando que vuelves a levantar y disfrutar de todo lo que tienes.
martes, 13 de diciembre de 2011
Jaque!
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miércoles, 7 de diciembre de 2011
El pájaro loco
Allí estaba él. Ciento noventa y cinco centímetros de ser humano. En aquellos tiempos, cuando yo le conocí era una de esos tipos que se hacen el interesante detrás de una barra, guaperas, y que aún no sé por qué motivo, creen que están por encima de no se sabe muy bien qué. Al fin y al cabo, tú, guaperas, chavalote, me estás sirviendo, y estás atado a una barra, yo me puedo ir cuando quiera, pero esa es otra historia.
Enorme, un tipo enorme. Pelo moreno, patillas larguísimas, ojos fuertes.
Su historia me atrapó.
Allá en el pirineo, medio perdidos, escuchándole. Las brasas, el estofado, el vino del pueblo y su voz llenando la sala.
Se casó. Y perdió. Se confundió no por casarse - faltaría más- si no - como él dice- no supo llevar todo eso.
Decidió esconderse en aquel pueblo perdido, comprar un restaurante, un terreno, un par de caballos para su niña y emprender un nuevo camino. No quiere amigos, no los necesita - dice - para eso está su familia.
Seis años sin conocer doncella ni cama, le basta el aliento de saberse en el mercado y flirtear para seguir durmiendo con la seguridad de poder elegir.
Es su penitencia. Cree que escondiéndose es la manera de resarcir aquellos errores. No conocer, para no sentir, no sentir para no padecer, o no hacer daño.
No quiere escuchar. El sabe lo que hizo. Habla con la contundencia de un paisano y la sinceridad de un viejo lobo. Hay sentimientos, pero también miedo.
Le escuchaba atento, no quería perderme nada de un tipo que habla de esa forma tan descarnada con corazón y cabeza....
"Vago", le digo. "Eres un vago de la vida". No escuchaba. Estaba encerrado en una penitencia insulsa, ridícula, esperando a no se sabe muy bien qué, excusándose en lo que pasó antes para no afrontar el después.
"Soy muy trabajador" decía serio. "Me levanto a las 6.30 de la mañana". "Ya, pero eres un vago de la vida". Tu hija, esa que proclamas y gritas a los cuatro vientos, esa por la que tu vida tiene sentido, tendrá mañana dos posibles versiones tuyas:
Primera. "Hija mía, me confundí, y fallé. Fallé mucho y decidí entregarme a ti en cuerpo y mente. No falle a nadie, nunca, jamás".
La segunda versión, es la que un padre mira a su hija, y diciendo los errores, cuenta con detalle como se levantó de todo eso, a cuanta gente conoció y aprendió, que no se encerró, que abrió puertas y ventanas y quiso respirar todo lo que venía. Cayó, como caen los guerreros, para levantarse como un héroe.
Ha cogido vicios, dejó las barras y alguna cosa más para colgarse de los números, de la bolsa y del loco Ibex 35. Es mi enfermedad ahora, dice.
Es una pena que un tipo inteligente no quiera de verdad mirar a la vida a la cara. Dedica medias sonrisas, casi con sorna a cualquier comentario de superación.
No confiar en uno mismo es mucho peor que no confiar en nadie. De ti no te puedes escapar, amigo.
Tú, yo, podemos hacer eso, escondernos o luchar de verdad, crear del error un arma brutal para levantarse, hinchar el pecho, tomar aire, alzar la vista y disfrutar de este camino realmente espectacular.
Ese camino, el que tú hagas con los tuyos, si tú quieres, será el que tú de verdad elegiste. Nadie, nunca, podrá decir lo contrario.
Ni siquiera los hijos, la familia o el amor puede ser excusa para que no tengas la gran oportunidad de ser tú.
Enorme, un tipo enorme. Pelo moreno, patillas larguísimas, ojos fuertes.
Su historia me atrapó.
Allá en el pirineo, medio perdidos, escuchándole. Las brasas, el estofado, el vino del pueblo y su voz llenando la sala.
Se casó. Y perdió. Se confundió no por casarse - faltaría más- si no - como él dice- no supo llevar todo eso.
Decidió esconderse en aquel pueblo perdido, comprar un restaurante, un terreno, un par de caballos para su niña y emprender un nuevo camino. No quiere amigos, no los necesita - dice - para eso está su familia.
Seis años sin conocer doncella ni cama, le basta el aliento de saberse en el mercado y flirtear para seguir durmiendo con la seguridad de poder elegir.
Es su penitencia. Cree que escondiéndose es la manera de resarcir aquellos errores. No conocer, para no sentir, no sentir para no padecer, o no hacer daño.
No quiere escuchar. El sabe lo que hizo. Habla con la contundencia de un paisano y la sinceridad de un viejo lobo. Hay sentimientos, pero también miedo.
Le escuchaba atento, no quería perderme nada de un tipo que habla de esa forma tan descarnada con corazón y cabeza....
"Vago", le digo. "Eres un vago de la vida". No escuchaba. Estaba encerrado en una penitencia insulsa, ridícula, esperando a no se sabe muy bien qué, excusándose en lo que pasó antes para no afrontar el después.
"Soy muy trabajador" decía serio. "Me levanto a las 6.30 de la mañana". "Ya, pero eres un vago de la vida". Tu hija, esa que proclamas y gritas a los cuatro vientos, esa por la que tu vida tiene sentido, tendrá mañana dos posibles versiones tuyas:
Primera. "Hija mía, me confundí, y fallé. Fallé mucho y decidí entregarme a ti en cuerpo y mente. No falle a nadie, nunca, jamás".
La segunda versión, es la que un padre mira a su hija, y diciendo los errores, cuenta con detalle como se levantó de todo eso, a cuanta gente conoció y aprendió, que no se encerró, que abrió puertas y ventanas y quiso respirar todo lo que venía. Cayó, como caen los guerreros, para levantarse como un héroe.
Ha cogido vicios, dejó las barras y alguna cosa más para colgarse de los números, de la bolsa y del loco Ibex 35. Es mi enfermedad ahora, dice.
Es una pena que un tipo inteligente no quiera de verdad mirar a la vida a la cara. Dedica medias sonrisas, casi con sorna a cualquier comentario de superación.
No confiar en uno mismo es mucho peor que no confiar en nadie. De ti no te puedes escapar, amigo.
Tú, yo, podemos hacer eso, escondernos o luchar de verdad, crear del error un arma brutal para levantarse, hinchar el pecho, tomar aire, alzar la vista y disfrutar de este camino realmente espectacular.
Ese camino, el que tú hagas con los tuyos, si tú quieres, será el que tú de verdad elegiste. Nadie, nunca, podrá decir lo contrario.
Ni siquiera los hijos, la familia o el amor puede ser excusa para que no tengas la gran oportunidad de ser tú.
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viernes, 18 de noviembre de 2011
Los 7 pecados
Siempre que salgo del cine, me da luego por pensar bastante en la peli que acabo de ver. De cada una se saca algo, y de muchas un montón.
Recordaba el otro día al amigo Al Pacino en "El abogado del Diablo" y su "soy un humanista convencido, probablemente, el último humanista" y de la moraleja final de la peli: de todos los pecados capitales; lujuria, vanidad, gula, pereza, ira, envidia, soberbia y avaricia, éste último es el más importante. Arrastra a todos lo demás.
La avaricia es acumular, querer más de todo, da igual a quien se tenga que pisar y que haya que romper, la avaricia es la ausencia de la generosidad.
Nos miramos el ombligo como si fuera el centro del universo, buscando en casi todo el interés particular, cuando en realidad, la gran verdad es que cuando das recibes mucho más.
Deberíamos ser ambiciosos del sentir, de hacer, de gritar, bailar y abrazar, parar y pensar en que sin la generosidad de muchos, tú y yo, no estaríamos aquí.
Cada día tomamos decisiones, que aunque sean pequeñas, nos pueden acercar a tener siempre la satisfacción por bandera, la sonrisa y lágrima compartida por quienes piensan en plural. Hay un montón de momentos que todos hemos pasado en los que fuimos nosotros mismos, y dimos todo, esos en los que uno se acuesta por la noche con la vanidad de haber sido mejor persona y con la soberbia de hacer las cosas como creemos y sentimos.
De repente, un día tras otro, nos dejamos arrastrar por mil excusas, la vorágine del día a día decimos, para, en realidad no afrontar la verdad, no afrontar que podemos hacer mucho más, que lo hicimos y que lo queremos seguir haciendo.
Sé generos@, abre los brazos, sonríe y dile al mundo que hay miles de experiencias que quieres compartir y vivir.
Sé feliz, amigo. Todo, a tope, siempre.
Recordaba el otro día al amigo Al Pacino en "El abogado del Diablo" y su "soy un humanista convencido, probablemente, el último humanista" y de la moraleja final de la peli: de todos los pecados capitales; lujuria, vanidad, gula, pereza, ira, envidia, soberbia y avaricia, éste último es el más importante. Arrastra a todos lo demás.
La avaricia es acumular, querer más de todo, da igual a quien se tenga que pisar y que haya que romper, la avaricia es la ausencia de la generosidad.
Nos miramos el ombligo como si fuera el centro del universo, buscando en casi todo el interés particular, cuando en realidad, la gran verdad es que cuando das recibes mucho más.
Deberíamos ser ambiciosos del sentir, de hacer, de gritar, bailar y abrazar, parar y pensar en que sin la generosidad de muchos, tú y yo, no estaríamos aquí.
Cada día tomamos decisiones, que aunque sean pequeñas, nos pueden acercar a tener siempre la satisfacción por bandera, la sonrisa y lágrima compartida por quienes piensan en plural. Hay un montón de momentos que todos hemos pasado en los que fuimos nosotros mismos, y dimos todo, esos en los que uno se acuesta por la noche con la vanidad de haber sido mejor persona y con la soberbia de hacer las cosas como creemos y sentimos.
De repente, un día tras otro, nos dejamos arrastrar por mil excusas, la vorágine del día a día decimos, para, en realidad no afrontar la verdad, no afrontar que podemos hacer mucho más, que lo hicimos y que lo queremos seguir haciendo.
Sé generos@, abre los brazos, sonríe y dile al mundo que hay miles de experiencias que quieres compartir y vivir.
Sé feliz, amigo. Todo, a tope, siempre.
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martes, 8 de noviembre de 2011
Corazones de hielo
Pensaba hoy en los corazones fríos, me dio por pensar y sentir en lo que uno vive y siente, y se queda estupefacto cuando alguien a quien mima y aprecia no se da cuenta de todo lo que tiene. Esta historia es de amistad con mayúsculas.
Hablamos del sentir y padecer como si fuera algo rutinario, y la verdad, la gran realidad es que es un milagro, es brutal poder sentir, saber que sientes, reaccionar, saborear, realmente alucinante cuando el corazón no cabe, cuando la amistad, el amor enamorado y generoso, la familia, el sentimiento, el orgullo de tener lo que tienes es un latido, un horizonte que te acompaña cada día...
Hacemos, creamos, hacen, nos crean, milagros cada día y nos empeñamos en darlo por hecho... somos unos ingenuos, egoístas comodones en su sofá, tercermundistas en esto del darnos y querer, últimos de la clase en saborear, egoístas profesionales... la razón es nuestra, la gloria eterna y el mí, me conmigo, es ya una religión.
Déjame que descubra contigo un mundo realmente alucinante, y digo realmente porque lo vives y puedes vivir cada día. Es real.
Para un momento, piensa; pero piensa de verdad, toca, amigo mío, todo lo que vives y haces que vivan, en la cantidad de sonrisas, de abrazos, de hombro cercano, de silencios y susurros que lanzas y recibes cada día.
Ya vale de corazones de hielo, soy un indignado del no apreciar,del no querer sentir, no ver y no querer aprender, soy un indignado del no porque no, y del sí porque sí, de la hipocresía y el escaparate, harto de los que no escuchan y un humanista convencido. No acampo, no pongo tiendas de campaña ni sacos de dormir, no hago asambleas si no son mis amigos y familia.
René, un amigo, hace ya 13 años me dijo que él no era un egoísta, él creía en el amor comunal, su teoría era simple aunque compleja en el fondo: si tú cuidas y quieres a los que tienes alrededor y todos hiciéramos lo mismo; el resultado sería que todos seríamos felices, ¿no?
Además acompañaba su argumento con cifras, como buen Ingeniero. Simple, fácil, casi irrebatible, ¿no?.
Hoy, todos esos años más tarde, tantos días y noches vividas, tantas personas acompañando a este Capitán y a los que le guardan y acompañan, y con los que uno le toca navegar y no quiere, después de todo eso, uno piensa que eso sería lo fácil, limitarnos en los que tenemos cerca para no querer conocer más y ser más.
El reto también está en conocer más, abrirse y dejar que vientos y brisas nos empujen fuerte y disfrutemos de este viaje, que nunca se sabe cuando puede terminar.
Hablamos del sentir y padecer como si fuera algo rutinario, y la verdad, la gran realidad es que es un milagro, es brutal poder sentir, saber que sientes, reaccionar, saborear, realmente alucinante cuando el corazón no cabe, cuando la amistad, el amor enamorado y generoso, la familia, el sentimiento, el orgullo de tener lo que tienes es un latido, un horizonte que te acompaña cada día...
Hacemos, creamos, hacen, nos crean, milagros cada día y nos empeñamos en darlo por hecho... somos unos ingenuos, egoístas comodones en su sofá, tercermundistas en esto del darnos y querer, últimos de la clase en saborear, egoístas profesionales... la razón es nuestra, la gloria eterna y el mí, me conmigo, es ya una religión.
Déjame que descubra contigo un mundo realmente alucinante, y digo realmente porque lo vives y puedes vivir cada día. Es real.
Para un momento, piensa; pero piensa de verdad, toca, amigo mío, todo lo que vives y haces que vivan, en la cantidad de sonrisas, de abrazos, de hombro cercano, de silencios y susurros que lanzas y recibes cada día.
Ya vale de corazones de hielo, soy un indignado del no apreciar,del no querer sentir, no ver y no querer aprender, soy un indignado del no porque no, y del sí porque sí, de la hipocresía y el escaparate, harto de los que no escuchan y un humanista convencido. No acampo, no pongo tiendas de campaña ni sacos de dormir, no hago asambleas si no son mis amigos y familia.
René, un amigo, hace ya 13 años me dijo que él no era un egoísta, él creía en el amor comunal, su teoría era simple aunque compleja en el fondo: si tú cuidas y quieres a los que tienes alrededor y todos hiciéramos lo mismo; el resultado sería que todos seríamos felices, ¿no?
Además acompañaba su argumento con cifras, como buen Ingeniero. Simple, fácil, casi irrebatible, ¿no?.
Hoy, todos esos años más tarde, tantos días y noches vividas, tantas personas acompañando a este Capitán y a los que le guardan y acompañan, y con los que uno le toca navegar y no quiere, después de todo eso, uno piensa que eso sería lo fácil, limitarnos en los que tenemos cerca para no querer conocer más y ser más.
El reto también está en conocer más, abrirse y dejar que vientos y brisas nos empujen fuerte y disfrutemos de este viaje, que nunca se sabe cuando puede terminar.
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