domingo, 8 de septiembre de 2013

Corazón de León

La vida te regala cosas que difícilmente podremos devolver con esa esencia, grandeza, sentimiento y alegría. 

Creo en el cociente de optimismo, soy fan de contagiar ilusión por cosas reales, por querer luchar, por trabajar, por soñar despiertos disfrutando del cuando, del ahora. El futuro es hoy, y el presente, un regalo. 
Un convencido de que la actitud es lo que realmente diferencia a las personas, las ganas, la inteligencia. Es imposible ser inteligente si no tienes una gran actitud.

Decía lo de los regalos de la vida y el cociente de optimismo porque van inexorablemente ligados, una cosa lleva la otra. Siempre.
De repente, hay experiencias, que quizá hayas vivido un montón de veces, pero eran otras circunstancias. Haces en la película de tu vida un "stop" para observar, paladear cada carcajada, cada abrazo, para escuchar y quedarte hasta las mil compartiendo vida, vivir miradas bestialmente geniales, anécdotas, vivencias y arreglar el mundo, te quedas hasta las mil, no vaya a ser que nos perdamos sentimientos de unos y de otros. 


Todos esas vivencias, esos miles de detalles que se suceden, bien valen una vida. O mil. 
Aunque las viviera, jamás encontraría a nadie como ellos. 

A punto de los 38, 85 kg, directivo, mirando al mar, a 350 km de abrazos de mis padres, mis hermanos y amigos, uno ha de apretar fuerte para que en la despedida no salte alguna lágrima, de ésas que caen entre la ilusión y la alegría por tener todo aquello y la tristeza del hasta luego.

Son las ganas, la ilusión, lo que mueve al mundo, a las personas como tú y como yo. 

Paras. Y piensas. Sonríes grande... aprietas el puño y saltas, y quizá te veas a las tantas de la mañana en tu jardín dando gracias por contar con todo eso y más. Te veas apretando dientes diciendo "vamos!" y quieras contagiar al mundo para que nos lo podamos comer con patatas. 

Tienen Corazón de León. 






jueves, 25 de julio de 2013

El tren de Santiago

Te imagino en el tren. Mirando la ventana como pasan los árboles rápido, dejando que el sol bañe tu rostro y con la tripa nerviosa por ir con los tuyos.

Te veo vestido, con unas bermudas, cómodo, ilusionado por unas vacaciones merecidas, haciendo planes y pensando en los abrazos con tus padres, en las risas con los amigos, en tu sofá, volver al hogar de donde te fuiste para crecer y vivir.
Vas eligiendo canciones animadas y otras que te hacen pensar, recordar, aprietas dientes y regalas sonrisas a los niños que juegan en el vagón a ser pilotos. 

Miras de vez en cuando a la señora mayor que tienes a tu lado, a ésa que ayudaste con la maleta y que te habla de sus nietos y de lo mayor que está, pero que guarda toda la ilusión por pasar unas vacaciones con su hija. 
La tranquilizas diciendo que le ayudarás al llegar a la estación. Te coge la mano, con dulzura, mientras esboza esa sonrisa que sólo los mayores regalan. Se toquitea compulsivamente la costura de la falda -algo vieja-, nerviosa por ver, por compartir, por sentir ese abrazo grande, y esos besucones a los suyos. 

Encima tuyo, maletas, bolsas, mochilas y paquetes que guardan vidas, sueños, quizá regalos, que llevan allá donde uno empieza a ser uno mismo, y poder respirar, volver a verte.
Es el viaje de los sueños. Es el regalo más grande que jamás podrás dar, y te podrán ofrecer. 
La ilusión del amor real, la ilusión de la familia, de los amigos grandes, de la tranquilidad, de un libro a la orilla del mar, de atardeceres y amaneceres que guardarás el resto de tu vida. 

Puede que allá quedaran ochenta cuerpos, pero amigo mío, tus sueños vuelan, tu alma vive, todas las almas que allí están, continúan estirando la mano para tocar, siguen en la memoria de todos los que os esperaban, que tuvieron la suerte, la gran suerte de la vida, de poder compartir con vosotros una vida llena de alegrías, y que fue por ellos, por compartir, por sentir, por lo que distéis la vida.

Va por ellos, por todas las personas que viajaron en el vagón de los sueños y nos regalaron mil vidas, millones de sonrisas, de hombros alzados, de caricias, consejos y susurros.

Allá va, al cielo, el tren de Santiago. El tren de los sueños.

lunes, 27 de mayo de 2013

Reencuentros

Hay reeencuentros geniales. Ver a un amigo, que por mil cosas no has podido ver durante casi 3 años, no sólo produce ilusión, produce en algunos momentos vértigo de emoción.

Pasan esos momentos, donde escuchas, y quieres contar tantas, tantísimas cosas que os interrumpís, y de repente, te das cuenta... os dais cuenta y comienza la carcajada.  Hay abrazos de amigos, que valen millones. Millones de experiencias vividas, sensaciones, anécdotas, historias de barra y playa, de trabajo, familia... esencias y posos de esos que quedan en el recuerdo durante todo esto que llamamos vida.

Estallan abrazos sin venir a cuento, esos arrimar hombro y rodear al amigo que vuelve o que llegó.
Hay cosas que cambian. Crecemos. Y cosas que siguen igual, y hay personas que tienen el don, la virtud, de seguir manteniendo lo que merece la pena, para pulir esas cosas que todos tenemos que mejorar.
La esponja deshecha el agua que le sobra, y se queda lo necesario, la esencia, para seguir nutriéndose, seguir viva, algo de eso hay.

Llegan esos momentos serios. En los que quieres escuchar y que te escuchen, se acompañan silencios de reflexión, no quieres fallar en el consejo, ni quieren fallarte, otro momento dulce, donde ves lo que realmente pesa, la importancia de la responsabilidad de ser buen amigo, y decir lo que se tiene que decir.
Inevitablemente, también llega el momento de esa pregunta: ¿Por qué coño no nos hemos visto antes?.
Excusas vestidas de razones. Nadie. Nada. Nunca vale, no hay razón para abandonar los motivos reales por los que navegamos aquí, para luchar por lo que también echas de menos. A veces, la cabeza juega malas pasadas, y te hace olvidar cosas que jamás debiste olvidar.
Uno sale jurando que no volverá a ocurrir. Y no volverá a ocurrir.

La importancia de la familia, la pareja y los buenos amigos, ésos hay que regarlos, cultivarlos, cuidarlos, no fallar, aprender y corregir, vivir, emocionarse hasta las entrañas, los años que lleguen, los que vendrán, serán lo que fuiste, y todo camino empieza por un paso. 
Sólo puedo dar las gracias, pedir perdón por no estar antes y brindar, amigo mío, por lo mucho que nos queda por vivir.



jueves, 16 de mayo de 2013

Velad armas

La tierra embarrada. Las tierras del norte poseen el don de calar frío y lluvia hasta los huesos. Las tiendas apenas se sostienen. Cubiertos de barro hasta las orejas, llegamos ayer después de más de un mes recorriendo esta maldita nación.

Esta puede ser la última noche. Nuestra última noche. Mi última noche. Y tengo miedo. Rabia, ira y miedo. Morir no debe ser agradable cuando tienes asegurado el dolor, desangrarse y gritos.
Escucho a los hombres recordar historias, anécdotas de sus pueblos y sus familias. Algunos hablan de sus hijos emocionados, aprietan las manos, y se esconden tras el emblema embarrado para que no veamos sus lágrimas.
Otros beben, como quien se ha rendido ya, y prefieren no ser ellos al enfrentarse, en el fondo, a sus miedos y sus pesadillas.
Otros padres, sólo te das cuenta que son padres por el anillo. Ni un recuerdo para sus hijos, ni un detalle para su esposa, sólo hablan de ellos. A algunos, les trajo aquí el salir de sus prisiones, sus casas,  otrosa vinieron por honor y cumplir, y otros por necesidad para poder llevar un trozo de pan a la mesa de su familia, en su hogar.

No podemos calentarnos, el jarreo del agua impide el fuego. No podemos huir de nuestros compañeros, así que sólo queda escuchar y compartir.
Algunos juegan con sus tambores, absortos. Otros escribimos forzando vista con la poca luz que nos dan algunas velas mal puestas, aunque suficiente para ver las caras y gestos de los hombres.
Hablaba de los padres que sólo son por anillo. Me entra aún más frío al comprobar que en el fondo, tal y como hablan, tal y como hacen, jamás entendieron lo que significa amar y querer, ni a esposa ni a hijos. No significa que sean malas personas, significa que no han entendido, en la más que probable última noche de su vida, lo que significa querer de verdad, y que es mejor estar alejados de ellos en el campo de batalla, no cuentes con su apoyo, lo más probable es que se escondan tras cuerpos ya inertes o no muevan un dedo para salvar tu pellejo. Si no fueron generosos, y valientes con sangre de su sangre, ¿por qué lo iban a ser contigo?.
Velamos armas, hermanos.
Llegan a mi cabeza unas palabras que me han acompañado durante años, y que hoy, tienen más sentido que nunca: " En la noche que me envuelve, llena como un pozo insondable, doy gracias al Dios que fuere, por mi alma inconquistable.
En las garras de las circunstancias no he gemido ni llorado;ante las puñaladas del azar, si bien he sangrado, jamás me he postrado.
Más allá de este lugar de ira y llantos, acecha la oscuridad, con su horror.
No obstante, la amenza de los años me haya, y me hallará... sin temor.
No importa cuan recto haya sido el camino, ni cuantos castigos lleve a la espalda...
Soy el amo de mi destino... Soy el Capitán de mi alma".

Se acerca el alba, la lluvia cesa poco a poco, los hombres salen. Buscan a dos soldados que huyeron. Eran de mi tienda. Eran aquellos padres y maridos cobardes. Ni siquiera el honor de dar la vida por los suyos, quienes consideraban y decían ser sus hermanos, ha podido contra sus propias almas tacañas.
Formamos para la victoria. Los estandartes, banderas y blasones se alzan mirando al cielo rogando una ayuda que Dios sabe necesitamos.
Empuño mi lanza, es la primera línea, la de ataque y la defensa, observo mis botas embarradas, me unto de barro las manos para poder sujetar fuerte y oler a la tierra que me dio la vida.
Los tambores ordenan avanzar.
Casi cuatro mil almas cumplimos, con paso firme y mirada al cielo. Al este un bosque. El bosque de los lobos lo llaman.
Recuerdo entonces a los dos traidores, Alain y Eduard. Me vienen chispazos suyos, y entiendo, una vez más por lo que quiero luchar, por lo que voy a desgarrar y matar, para no tener a gente como ellos a mi lado, incapaces de dar, de entender y de sentir. Recuerdo a sus mujeres y sus hijos, ya muertos en vida por tener a alguien así como padre y marido.

Tras un día entero de batalla, quedamos pocos. Aterrado. Con las piernas aún temblando por todo lo vivido, estoy herido. Oigo gritar y gemir, pedir ayuda entre pilas de hombres vivos y muertos.

Decidimos adentrarnos en el bosque, en busca de refugio y madera para calentarnos, poder curar a los pocos que quedan, y descansar cuerpo y mente.
Tras cuatro horas caminando como podíamos, retrasados por los enfermos y con poca agua, ahí estaban.
Eduard y Alain. Devorados por los lobos.

Entonces pensé: " De ti mismo, no te puedes escapar nunca".