Esta puede ser la última noche. Nuestra última noche. Mi última noche. Y tengo miedo. Rabia, ira y miedo. Morir no debe ser agradable cuando tienes asegurado el dolor, desangrarse y gritos.
Escucho a los hombres recordar historias, anécdotas de sus pueblos y sus familias. Algunos hablan de sus hijos emocionados, aprietan las manos, y se esconden tras el emblema embarrado para que no veamos sus lágrimas.
Otros beben, como quien se ha rendido ya, y prefieren no ser ellos al enfrentarse, en el fondo, a sus miedos y sus pesadillas.
Otros padres, sólo te das cuenta que son padres por el anillo. Ni un recuerdo para sus hijos, ni un detalle para su esposa, sólo hablan de ellos. A algunos, les trajo aquí el salir de sus prisiones, sus casas, otrosa vinieron por honor y cumplir, y otros por necesidad para poder llevar un trozo de pan a la mesa de su familia, en su hogar.
No podemos calentarnos, el jarreo del agua impide el fuego. No podemos huir de nuestros compañeros, así que sólo queda escuchar y compartir.
Algunos juegan con sus tambores, absortos. Otros escribimos forzando vista con la poca luz que nos dan algunas velas mal puestas, aunque suficiente para ver las caras y gestos de los hombres.
Hablaba de los padres que sólo son por anillo. Me entra aún más frío al comprobar que en el fondo, tal y como hablan, tal y como hacen, jamás entendieron lo que significa amar y querer, ni a esposa ni a hijos. No significa que sean malas personas, significa que no han entendido, en la más que probable última noche de su vida, lo que significa querer de verdad, y que es mejor estar alejados de ellos en el campo de batalla, no cuentes con su apoyo, lo más probable es que se escondan tras cuerpos ya inertes o no muevan un dedo para salvar tu pellejo. Si no fueron generosos, y valientes con sangre de su sangre, ¿por qué lo iban a ser contigo?.
Velamos armas, hermanos.
Llegan a mi cabeza unas palabras que me han acompañado durante años, y que hoy, tienen más sentido que nunca: " En la noche que me envuelve, llena como un pozo insondable, doy gracias al Dios que fuere, por mi alma inconquistable.
En las garras de las circunstancias no he gemido ni llorado;ante las puñaladas del azar, si bien he sangrado, jamás me he postrado.
Más allá de este lugar de ira y llantos, acecha la oscuridad, con su horror.
No obstante, la amenza de los años me haya, y me hallará... sin temor.
No importa cuan recto haya sido el camino, ni cuantos castigos lleve a la espalda...
Soy el amo de mi destino... Soy el Capitán de mi alma".
Se acerca el alba, la lluvia cesa poco a poco, los hombres salen. Buscan a dos soldados que huyeron. Eran de mi tienda. Eran aquellos padres y maridos cobardes. Ni siquiera el honor de dar la vida por los suyos, quienes consideraban y decían ser sus hermanos, ha podido contra sus propias almas tacañas.
Formamos para la victoria. Los estandartes, banderas y blasones se alzan mirando al cielo rogando una ayuda que Dios sabe necesitamos.
Empuño mi lanza, es la primera línea, la de ataque y la defensa, observo mis botas embarradas, me unto de barro las manos para poder sujetar fuerte y oler a la tierra que me dio la vida.
Los tambores ordenan avanzar.
Casi cuatro mil almas cumplimos, con paso firme y mirada al cielo. Al este un bosque. El bosque de los lobos lo llaman.
Recuerdo entonces a los dos traidores, Alain y Eduard. Me vienen chispazos suyos, y entiendo, una vez más por lo que quiero luchar, por lo que voy a desgarrar y matar, para no tener a gente como ellos a mi lado, incapaces de dar, de entender y de sentir. Recuerdo a sus mujeres y sus hijos, ya muertos en vida por tener a alguien así como padre y marido.
Tras un día entero de batalla, quedamos pocos. Aterrado. Con las piernas aún temblando por todo lo vivido, estoy herido. Oigo gritar y gemir, pedir ayuda entre pilas de hombres vivos y muertos.
Decidimos adentrarnos en el bosque, en busca de refugio y madera para calentarnos, poder curar a los pocos que quedan, y descansar cuerpo y mente.
Tras cuatro horas caminando como podíamos, retrasados por los enfermos y con poca agua, ahí estaban.
Eduard y Alain. Devorados por los lobos.
Entonces pensé: " De ti mismo, no te puedes escapar nunca".


