jueves, 15 de septiembre de 2011

Aquella guardia

Recuerdo la primera noche al llegar con nuestras bolsas y el pelo rapado.

Uno había escuchado demasiadas veces las famosas novatadas en la mili. Caras serias, todos queríamos imponer respeto.

Doscientas cincuenta almas vestidos de paisano, bajo una lluvia espectacular formadas en el patio.
Al fondo, la lluvia dejaba ver a  un tipo con gorra que ordenaba "derecha, firmes, izquierda!" sin ningún rigor, sin ningún fin, que no sea el placer que te da el poder de tres galones de sargento en tus hombros.

Mucha gente considerará inútil el servicio militar y no voy a hacer aquí ninguna defensa de eso, pero para mí, esos 9 meses, conocer a todas esas personas, ver en un reducido espacio una muestra del mundo fue una experiencia que no olvidaré. Recuerdo muchos de sus nombres, y a veces me pregunto que será de ellos. Me encantaría tener la oportunidad de ver como han tratado a la vida.

Recuerdo muy bien aquella guardia.
Mes de abril en Vitoria, llovía. Yo hice pocas guardias, las ventajas de ser furriel, pero aquel día, aquella noche, yo estaba allí.
Me tocó con un chaval de 21 años de Bilbao, delgado, de estatura media, con cara de pillo y que acostumbraba a sonreír poco y a hablar menos.  
Nuestro turno era en pareja y había que llegar hasta un bosque lejano y hacer la ronda. Durante dos horas.
Yo en la mili era un tipo serio, que imponía respeto, así que aquella guardia parecía que iba a ser de todo menos enriquecedora.
Me pidió un cigarro. Y aunque no se puede fumar en una guardia, estábamos suficiente mente lejos del puesto de mando, mucho árbol, tapados con las capas, me pareció bien. Acabábamos de empezar.
Se sentó en el suelo. - Siéntate, me dijo-.

Oye, ¿tú eres feliz?, preguntó. Respondí que sí rápidamente sin pensar en ello, y le pregunté el por qué me decía eso mientras pensaba en como se había atrevido a hacerme esa pregunta, y qué le podría estar pasando a él.
Me senté despacio, mirando desde arriba a alguien que ni siquiera me miró para preguntarme algo así y que parecía esconder un millón de cosas en sus ojos y su cabeza.
Abrazábamos los fusiles.
"Esto es una mierda, Güenechea, la vida es una mierda".
Empezó a hablar y a contarme los problemas que tenía en su casa, un padre alcohólico y una madre que apenas le hablaba y que nunca había sentido su abrazo ni cariño. No veía sentido a nada de esto.  Difícil para un chico listo, observador, que creció en las calles y en recreativos.

Hablaba de una manera realmente pausada, contestaba a preguntas difíciles, profundas, con absoluta honestidad.
"Voy a dejar esto, es lo mejor" dijo mientras me miraba por primera vez con una seguridad increíble.
Cuando alguien te dice algo así y tiene en su mano un fusil con munición de verdad, tu corazón se acelera, tu primera reacción será el "no, no..." y un sudor frío recorrerá todo tu cuerpo.
Decidí mostrar tranquilidad, y hablar de mis planes de futuro - que podrían ser suyos- y compartir cosas que no compartí con nadie en la mili y diría que en mi vida, hasta entonces.
Entonces sí me miraba, atento, escudriñando cada palabra, cada gesto, apenas respondía, asentía con su cara mojada, mientras hacía el gesto de pedir otro cigarro.

El no tenía amigos de verdad, él estaba acostumbrado a hablar con sus "amigos" de como hacerse con una botella del súper, drogas, o como liarla de verdad.

Faltaba poco para que tuviéramos que llegar al puesto de mando, me levanté y le dije: "tenemos que irnos". Se levantó, avanzamos unos metros, recuerdo las botas llenas de barro,  paró de repente y sonriendo dijo "gracias, Güene".

Coincidíamos mucho en el cuartel, pero él iba con una cuadrilla y yo con otra, no solíamos hablar, nos guiñábamos el ojo, o nos seguíamos con la mirada.

Aquella noche fría y lluviosa aprendí de nuevo el valor de la amistad, el valor de hablar de las cosas que importan, compartir con quien merece y preguntarnos el por qué de las cosas.

Al final, la verdad es que él me ayudó mucho más a mí.

Estoy convencido que hoy, tantos años más tarde, está disfrutando de un viaje espectacular en esto de la vida.






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