lunes, 27 de mayo de 2013

Reencuentros

Hay reeencuentros geniales. Ver a un amigo, que por mil cosas no has podido ver durante casi 3 años, no sólo produce ilusión, produce en algunos momentos vértigo de emoción.

Pasan esos momentos, donde escuchas, y quieres contar tantas, tantísimas cosas que os interrumpís, y de repente, te das cuenta... os dais cuenta y comienza la carcajada.  Hay abrazos de amigos, que valen millones. Millones de experiencias vividas, sensaciones, anécdotas, historias de barra y playa, de trabajo, familia... esencias y posos de esos que quedan en el recuerdo durante todo esto que llamamos vida.

Estallan abrazos sin venir a cuento, esos arrimar hombro y rodear al amigo que vuelve o que llegó.
Hay cosas que cambian. Crecemos. Y cosas que siguen igual, y hay personas que tienen el don, la virtud, de seguir manteniendo lo que merece la pena, para pulir esas cosas que todos tenemos que mejorar.
La esponja deshecha el agua que le sobra, y se queda lo necesario, la esencia, para seguir nutriéndose, seguir viva, algo de eso hay.

Llegan esos momentos serios. En los que quieres escuchar y que te escuchen, se acompañan silencios de reflexión, no quieres fallar en el consejo, ni quieren fallarte, otro momento dulce, donde ves lo que realmente pesa, la importancia de la responsabilidad de ser buen amigo, y decir lo que se tiene que decir.
Inevitablemente, también llega el momento de esa pregunta: ¿Por qué coño no nos hemos visto antes?.
Excusas vestidas de razones. Nadie. Nada. Nunca vale, no hay razón para abandonar los motivos reales por los que navegamos aquí, para luchar por lo que también echas de menos. A veces, la cabeza juega malas pasadas, y te hace olvidar cosas que jamás debiste olvidar.
Uno sale jurando que no volverá a ocurrir. Y no volverá a ocurrir.

La importancia de la familia, la pareja y los buenos amigos, ésos hay que regarlos, cultivarlos, cuidarlos, no fallar, aprender y corregir, vivir, emocionarse hasta las entrañas, los años que lleguen, los que vendrán, serán lo que fuiste, y todo camino empieza por un paso. 
Sólo puedo dar las gracias, pedir perdón por no estar antes y brindar, amigo mío, por lo mucho que nos queda por vivir.



jueves, 16 de mayo de 2013

Velad armas

La tierra embarrada. Las tierras del norte poseen el don de calar frío y lluvia hasta los huesos. Las tiendas apenas se sostienen. Cubiertos de barro hasta las orejas, llegamos ayer después de más de un mes recorriendo esta maldita nación.

Esta puede ser la última noche. Nuestra última noche. Mi última noche. Y tengo miedo. Rabia, ira y miedo. Morir no debe ser agradable cuando tienes asegurado el dolor, desangrarse y gritos.
Escucho a los hombres recordar historias, anécdotas de sus pueblos y sus familias. Algunos hablan de sus hijos emocionados, aprietan las manos, y se esconden tras el emblema embarrado para que no veamos sus lágrimas.
Otros beben, como quien se ha rendido ya, y prefieren no ser ellos al enfrentarse, en el fondo, a sus miedos y sus pesadillas.
Otros padres, sólo te das cuenta que son padres por el anillo. Ni un recuerdo para sus hijos, ni un detalle para su esposa, sólo hablan de ellos. A algunos, les trajo aquí el salir de sus prisiones, sus casas,  otrosa vinieron por honor y cumplir, y otros por necesidad para poder llevar un trozo de pan a la mesa de su familia, en su hogar.

No podemos calentarnos, el jarreo del agua impide el fuego. No podemos huir de nuestros compañeros, así que sólo queda escuchar y compartir.
Algunos juegan con sus tambores, absortos. Otros escribimos forzando vista con la poca luz que nos dan algunas velas mal puestas, aunque suficiente para ver las caras y gestos de los hombres.
Hablaba de los padres que sólo son por anillo. Me entra aún más frío al comprobar que en el fondo, tal y como hablan, tal y como hacen, jamás entendieron lo que significa amar y querer, ni a esposa ni a hijos. No significa que sean malas personas, significa que no han entendido, en la más que probable última noche de su vida, lo que significa querer de verdad, y que es mejor estar alejados de ellos en el campo de batalla, no cuentes con su apoyo, lo más probable es que se escondan tras cuerpos ya inertes o no muevan un dedo para salvar tu pellejo. Si no fueron generosos, y valientes con sangre de su sangre, ¿por qué lo iban a ser contigo?.
Velamos armas, hermanos.
Llegan a mi cabeza unas palabras que me han acompañado durante años, y que hoy, tienen más sentido que nunca: " En la noche que me envuelve, llena como un pozo insondable, doy gracias al Dios que fuere, por mi alma inconquistable.
En las garras de las circunstancias no he gemido ni llorado;ante las puñaladas del azar, si bien he sangrado, jamás me he postrado.
Más allá de este lugar de ira y llantos, acecha la oscuridad, con su horror.
No obstante, la amenza de los años me haya, y me hallará... sin temor.
No importa cuan recto haya sido el camino, ni cuantos castigos lleve a la espalda...
Soy el amo de mi destino... Soy el Capitán de mi alma".

Se acerca el alba, la lluvia cesa poco a poco, los hombres salen. Buscan a dos soldados que huyeron. Eran de mi tienda. Eran aquellos padres y maridos cobardes. Ni siquiera el honor de dar la vida por los suyos, quienes consideraban y decían ser sus hermanos, ha podido contra sus propias almas tacañas.
Formamos para la victoria. Los estandartes, banderas y blasones se alzan mirando al cielo rogando una ayuda que Dios sabe necesitamos.
Empuño mi lanza, es la primera línea, la de ataque y la defensa, observo mis botas embarradas, me unto de barro las manos para poder sujetar fuerte y oler a la tierra que me dio la vida.
Los tambores ordenan avanzar.
Casi cuatro mil almas cumplimos, con paso firme y mirada al cielo. Al este un bosque. El bosque de los lobos lo llaman.
Recuerdo entonces a los dos traidores, Alain y Eduard. Me vienen chispazos suyos, y entiendo, una vez más por lo que quiero luchar, por lo que voy a desgarrar y matar, para no tener a gente como ellos a mi lado, incapaces de dar, de entender y de sentir. Recuerdo a sus mujeres y sus hijos, ya muertos en vida por tener a alguien así como padre y marido.

Tras un día entero de batalla, quedamos pocos. Aterrado. Con las piernas aún temblando por todo lo vivido, estoy herido. Oigo gritar y gemir, pedir ayuda entre pilas de hombres vivos y muertos.

Decidimos adentrarnos en el bosque, en busca de refugio y madera para calentarnos, poder curar a los pocos que quedan, y descansar cuerpo y mente.
Tras cuatro horas caminando como podíamos, retrasados por los enfermos y con poca agua, ahí estaban.
Eduard y Alain. Devorados por los lobos.

Entonces pensé: " De ti mismo, no te puedes escapar nunca".


miércoles, 1 de mayo de 2013

El Holandés

Se oía el golpeo de la mar en la madera ya vieja del navío. Cada ola que llegaba era un azote, me recordaba lo lejos que estaba del hogar, y lo cerca que veía la muerte.
Demasiadas noches y demasiados días tras aquel buque.

Casi doscientos hombres me acompañan. El olor de la bodega y los camarotes es casi insoportable, apenas comida y agua, y sin ver tierra desde hace dos meses.
Ese buque holandés instiga mis sueños, mis pesadillas. Gritamos venganza. Somos hijos, padres y hermanos de aquellos a los que masacraron sin honor, sin dar cuartel a la bandera blanca que ondearon tras tres días de batalla en los mares franceses.

Las fuerzas, flaquean, pero el orgullo sigue intacto. Son más, y mejor armados, pero nosotros tenemos alma.
Hacía dos días los habíamos perdido, se dirigían al oeste, a mar abierto, sabiendo que nosotros no pudimos hacer fonda y recopilar más provisiones.
Mercaderes de sangre. Los holandeses.

Llegó el alba, y con el, viento a favor, fuerte, a sotavento. A mediodía, lo vimos. Allí estaban.
Zafarrancho de combate, suenan nuestros tambores de guerra, la bandera española ondea fuerte, ordenan bajar a acuartelarse en los cañones los dinamiteros. Dos hombres por cañón para los veinticuatro que tenemos.
Algunos hombres afilan espadas, cuchillos y sables. No llevamos uniformes, nuestros galones son la familia, nuestra torre la libertad.
Apretamos dientes. Cargamos mosquetes.
Cierran los ojos, rezando. Silencio y trajín.
A la bandera! Grita el Capitán. A la familia! responden los hombres. Presentan armas.
Nuestra primera andanada les cae de lleno, realizamos una maniobra excelente, rápida, y nuestro nombre "Rabiosa" nos hace más grandes. Su palo mayor cae, y veo hombres caer al mar. Les toca a ellos.
Toca virar de nuevo y evitar ángulos. Dios está de nuestro lado, pues lo logramos con inusitada rapidez. Hombres heridos, bajas... pero pudieron ser más.
Recotamos para volver a poner a prueba su cubierta, con nuestros cañones, nos acercamos rápidos, y reventamos su polvorín y bodega...
Abordaje. Gritos. Mosquetones a los que sólo les da tiempo un disparo. Escuchas ya el aliento de los holandeses, frente a frente, nuestra rabia contra su oro, nuestros hijos contra su boato y su ejército.
Sangre por cubierta, hombres que caen atravesados por espadas de lado a lado, queremos a su comandante, el que ordenó aquella locura.
Tras cinco horas de asedio, miembros extirpados, hedor, y más de cien bajas nuestras, tomamos el mando del buque "Salazar".
Nadie era el comandante. Había, estaba claro, orden de que no pudiéramos hacer justicia.
No íbamos a matar por matar. Matamos por justicia buscando al culpable, jugaban con nuestro honor, y el sabernos hombres de palabra.
En cada tripulación hay un Judas. No hicieron falta trece monedas. Fue el perdón, que ya tenía, por el que el mercader aceptó delatar al comandante. Enrich Von Haseil. Ya sabíamos su nombre. Lo señaló don cierto disimulo.
Me acerqué lenta y pausadamente, sable en mano, tocando con la punta la madera del barco.
Estaban sentados, tirados, algunos muertos, vísceras... y en medio, el flamante comandante despechado de uniforme y galones para no dar pistas. Vestido de cocinero.
Puse rodilla en suelo. Quería ponerme a la altura de sus ojos. Mirarle despacio, frente a frente. Perdimos muchos seres amados, y muchos compañeros para darle presa. Quería que me dijera por qué. Que le llevó a todo eso. Cuando le miré, y vi su brillo, no me hizo falta preguntar nada. Hay gente sin alma. Sin reflexión posible. Sin consciencia de mal.

Le levanté con mis manos. Lo paseé por su cubierta. Algunos de nuestros hombres lloraban, sufrimos mucho para todo esto, y después de todo, cuando muriera, iba a ser esa nuestra venganza? Devolvería eso a nuestras familias? Cobraríamos con su cuerpo todo lo arrebatado?

No.
Decidí darle la oportunidad de hablar, de sus últimas palabras. Temblaba orgulloso. Se había meado en los pantalones literalmente.
La naturaleza, además de sabia, es casi siempre justa, y devuelve a la tierra, lo que la tierra le da. La mar es brava y lista, sabrá que hacer con él. Von Haseil debía pensar y aunque fuera en su último suspiro, pedir y clamar perdón a todos los que asesinó.

Le tiramos al mar envuelto en su bandera. Vivo. Sólo.

Recogimos lo que quedaban de sus provisiones, e hicimos presos a los pocos holandeses que quedaban. Dimos fuego a su barco.

Nos fuimos poco a poco, con casi todos nuestros hombres a babor, mirando al perro comandante holandés. No suplicó perdón. No suplicó honor.

Aquel holandés sobrevivió.

Me hizo llegar una carta extensa. Con un trozo de tela de la bandera. Pidió perdón. Vivía en Inglaterra, bajo otro nombre, y otra empresa. Había rastros de lo que parecían lágrimas. Veintidós años más tarde. La carta la enviaba su hija Sarah, pues él había dado orden de cuando muriera me hicieran llegar la misiva.

Su hora llegó. Y mientras yo miraba mi sable, escuchaba el juguetear de mis hijos, me di cuenta que nuestro honor, el de aquellos que murieron, de los que vivimos eso, sobrevivió a la locura del hombre, y hoy, al caer la noche, miremos todas aquellas estrellas que nos custodiaron durante meses, y gritar que mereció la pena, merece la pena dar la oportunidad de vivir a alguien que en su día, se equivocó.